
Por Luis Alderete – Director IKD SHOTOKAN ARGENTINA
El karate nació como un camino de disciplina, respeto, honor y superación personal.No fue creado para alimentar egos, negocios personales ni estructuras de poder disfrazadas de tradición. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de esos valores que alguna vez fueron sagrados comenzaron a deteriorarse.
Hablar de corrupción dentro del karate incomoda.Molesta.Genera silencios.Y en muchos casos, provoca ataques hacia quien se anima a decirlo públicamente.
Pero callar también es ser parte.
Hoy existen dirigentes que utilizan el karate para beneficio propio, graduaciones que parecen tener más relación con el dinero que con el mérito, favoritismos evidentes, acomodos, competencias manejadas, títulos regalados y personas que se autoproclaman referentes mientras destruyen la esencia misma del arte marcial.
Lo más triste es que muchos practicantes honestos terminan alejándose.Se cansan de la hipocresía.De los discursos sobre humildad pronunciados por quienes actúan con soberbia.De las organizaciones que hablan de valores mientras practican internas, persecuciones y manejos poco transparentes.
El karate no necesita más políticos disfrazados de maestros.Necesita instructores que formen personas.Necesita volver a las bases.A la enseñanza sincera.Al respeto genuino.Al esfuerzo real.
Reconocer que existe corrupción no significa atacar al karate.Todo lo contrario: significa querer salvarlo antes de que pierda definitivamente su identidad.
Porque un cinturón no hace honorable a una persona.El verdadero grado se demuestra en la conducta, en la ética y en la manera de actuar cuando nadie está mirando.
Y aunque algunos no lo quieran reconocer…el problema existe.Y mientras más se esconda debajo de la alfombra, más daño se le hará a las futuras generaciones.



