
Detrás del volante, la falsa ilusión del control
Cada mañana, al encender el motor o subirnos a una motocicleta, asumimos un pacto social implícito: el de respetarnos mutuamente para regresar con vida a casa. Sin embargo, en el tránsito cotidiano, la seguridad vial suele quedar reducida a un conjunto de reglas abstractas que solo recordamos ante un control policial. Olvidamos que la calle es un escenario de convivencia donde el error de uno puede dictar la sentencia de otro. Reducir la alarmante tasa de siniestralidad actual requiere que revisemos con urgencia la forma en la que habitamos el espacio público.
El peligro invisible de la baja percepción del riesgo
El principal enemigo en las calles no siempre es el desconocimiento de las normas, sino la bajísima percepción del riesgo que arrastramos como sociedad. Vivimos bajo el sesgo del “a mí no me va a pasar”. Esta falsa sensación de invulnerabilidad nos empuja a naturalizar conductas que rozan la negligencia: revisar el celular al conducir, cruzar en rojo si “no viene nadie” o acelerar a fondo en avenidas urbanas.
Se ha instalado una peligrosa distorsión: consideramos los límites de velocidad como una pérdida de tiempo y el uso del casco o el cinturón como una molestia opcional. Conducir no es un simple acto de destreza individual; es una actividad de altísimo riesgo, habilitada por el Estado a través de una licencia, que exige atención absoluta en cada trayecto.
Cuando la percepción del riesgo es nula, el vehículo se transforma en un arma.
Idoneidad conductiva: más allá de una licencia
Asociamos erróneamente la idoneidad conductiva con la mera habilidad técnica de mantener un vehículo en equilibrio o saber estacionar. Ser un conductor idóneo implica algo mucho más profundo: madurez emocional, aptitud física, tolerancia a la frustración y una comprensión cabal del entorno. La idoneidad se demuestra en la calle cuando decidimos no conducir si consumimos alcohol, cuando entendemos que las prioridades peatonales son absolutas y cuando adaptamos nuestra marcha al estado de la calzada. Carecer de esta perspectiva nos convierte en conductores técnicamente habilitados, pero civilmente analfabetos.
Radiografía local: la urgencia en Coronel Rosales
Este panorama adquiere un rostro dolorosamente cercano cuando analizamos la realidad del Partido de Coronel Rosales. Los siniestros viales han dejado de ser incidentes aislados para consolidarse como una problemática estructural de salud pública.
La geografía local expone puntos que concentran la mayor preocupación. Los accesos en los tramos urbanos de la Ruta Nacional 229 y 249, y el microcentro de nuestra ciudad cabecera, Punta Alta, se repiten como escenarios frecuentes de siniestros, en un contexto de infraestructura preventiva aún insuficiente —radares, cámaras o reductores de velocidad—en zonas comerciales y periféricas. A esto se suma el historial del kilómetro 645 de la Ruta Nacional 3, en su intersección con la llamada “ruta vieja”, un cruce que continúa registrando choques frontales mientras se posterga la construcción de una rotonda. En el centro y microcentro de Punta Alta, el patrón se repite: colisiones urbanas que involucran a motociclistas que circulan sin el casco protector reglamentario.
Estas realidades no son accidentes climáticos ni producto del destino; representan fallas humanas directas, potenciadas por entornos viales que perdonan muy poco los errores de cálculo.
Una frecuencia que exige sintonizar la conciencia
Frente a este escenario, desde el micrófono de Atrapados en la Radio nos sumamos al impulso fundamental de la Fundación Estrellas Amarillas. Esta organización, nacida del dolor transformado en lucha y amor, nos recuerda en cada asfalto pintado que detrás de las frías estadísticas de tránsito hay familias destruidas, proyectos truncados y vidas que pudieron salvarse.
Modificar esta realidad requiere de un compromiso triple: un Estado municipal que controle con rigurosidad y mejore la infraestructura, una justicia que penalice las conductas temerarias y una ciudadanía dispuesta a mirarse al espejo.
Siguiendo el llamado de Estrellas Amarillas, los invito a que la próxima vez que suban a un vehículo, recuerden que la seguridad vial no se negocia. La vida que salven mañana puede ser la de su propio vecino, la de un familiar o la suya misma. Cortemos la inercia antes de que la próxima estrella lleve nuestro nombre.






