
Por Mauro David Roldán – Técnico Universitario en Seguridad Vial – Asesor de la Fundación Estrellas Amarillas
Cuando hablamos de siniestros viales, la conversación pública se detiene casi siempre en un solo número: la cantidad de fallecidos. Es el dato que más duele y el que más rápido se viraliza. Pero detrás de esa cifra hay otra, mucho menos visible, que también merece ocupar un lugar en la agenda: por cada persona que muere en un siniestro de tránsito, en promedio otras tres quedan con heridas graves. Y de esas tres, solo una logra recuperarse por completo. Las otras dos conviven, de por vida, con secuelas permanentes: amputaciones, daños neurológicos, movilidad reducida, dolor crónico. Familias enteras que reorganizan su vida en torno a un cuidado que no eligieron y que no tiene fecha de fin.
Punta Alta no es ajena a este panorama. La ciudad viene registrando más de veinte (20) siniestros viales por mes con personas heridas, una cifra que rara vez ocupa un titular pero que, mes a mes, sostiene ese patrón silencioso: algunos heridos vuelven a su vida de siempre, pero una parte importante jamás regresa.
Saber cuánto acelera el auto no alcanza: hay que saber cuánto tarda en frenar
Existe una asimetría curiosa en el conocimiento que tenemos sobre nuestros propios vehículos. La mayoría de los conductores sabe, casi de memoria, a qué velocidad máxima puede llegar su auto o su moto. Muy pocos saben, en cambio, a qué distancia y en cuánto tiempo ese mismo vehículo logra detenerse por completo. Esa distancia no es un dato menor: combina el tiempo de reacción del conductor con la capacidad de frenado del vehículo, y ambos factores cambian según el estado del pavimento, la lluvia, el desgaste de los neumáticos y la calidad de la infraestructura vial. Un mismo auto, a la misma velocidad, puede necesitar el doble de distancia para frenar en una calle mojada o mal iluminada que en una avenida seca y en buen estado.
Esto lleva a repensar un malentendido muy extendido sobre los límites de velocidad. La velocidad máxima permitida no es una meta a alcanzar ni una referencia de “hasta acá puedo ir tranquilo”. Es, en realidad, el punto a partir del cual el riesgo empieza a crecer de forma significativa. Circular por debajo de ese límite no es una opción tímida: es la forma correcta de adecuar la marcha al entorno real por el que estamos circulando. La velocidad segura no es un número fijo escrito en un cartel; es el resultado de cruzar ese número con las condiciones del clima, del tránsito y de la calzada en cada momento.
El cinturón y el airbag no son elementos independientes
Otro error frecuente es pensar en los sistemas de seguridad del vehículo como piezas sueltas que funcionan por separado. El cinturón de seguridad y el airbag están diseñados para actuar juntos, como un sistema. El airbag se despliega a una velocidad de entre 300 y 380 kilómetros por hora: es, en sí mismo, un impacto violento, calculado para frenar el cuerpo de un ocupante que ya viene retenido y desacelerado por el cinturón. Si esa persona no lleva puesto el cinturón, llega al airbag en una posición y a una velocidad para las que ese sistema no fue pensado, y el golpe puede convertirse en una lesión grave en lugar de una protección.
Por eso preocupa una práctica cada vez más habitual: el uso de dispositivos que anulan la alarma que avisa cuando el cinturón no está colocado. Son artilugios pensados para “silenciar” al vehículo, no para viajar más seguros. Desactivar esa alarma no elimina el riesgo, solo lo esconde.
Una cuenta que conviene hacer antes de arrancar el motor
Ninguno de estos datos busca instalar el miedo, sino prevenir una tragedia. Buscan visibilizar algo que casi siempre queda oculto: que manejar es una actividad de riesgo real, que cada mala decisión al volante —conducir a alta velocidad, no colocarse el casco, no colocarse el cinturón de seguridad, no mantener una distancia prudente con el auto de adelante, circular con luces apagadas— tiene consecuencias irreversibles. La próxima vez que subamos a un vehículo, vale la pena tomarse un momento para pensar en quienes nos esperan en nuestro hogar y que lo importante no es llegar más rápido, lo importante es llegar.




